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#Bicicleteando

Lic. Alejandra Daguerre

Cada tanto me sorprende alguno de los lindísimos recuerdos que tengo de mi infancia en el pueblo, de esas interminables tardecitas jugando con mis vecinos  en la vereda, de los amigos de toda la vida y de los paseos en bicicleta. Cuando era niña me encantaba andar en bicicleta. Salir en bici (sin rueditas auxiliares) me había dado cierto status: no solo me sentía grande e independiente, sino que además el “cordón umbilical” se había extendido por unas cuantas cuadras a la redonda.

 

 

Tener mi propio medio de transporte a los 8 ó  9 años no era un tema menor. Me dio mis primeras herramientas para aprender a rediseñar un circuito sobre la marcha: las inclemencias del viento en contra, el calor de ese sol aplastante a la hora de la siesta, las condiciones del terreno (después de una lluviecita nada mejor que llevar la bici al barro); y por otro lado me ayudó a participar activamente de lo que eran mis primeras “tareas en equipo”, la responsabilidad de pedalear llevando alguna amiga parada atrás o a la más menudita del grupo sentada en el manubrio…qué epopeyas!

Mi bicicleta no era nueva, ya había sido el vehículo de mis hermanas y para ser sincera se veía bastante “traqueteada”. En silencio soñaba con una flamante, como las que publicitaban en la tele, y con gran ilusión elegí el número de la rifa del club que ponía como primer premio una tan especial, que venía con la imagen de la Mujer Maravilla.

Obviamente no gané la rifa ni se materializó  la bicicleta de mis sueños.

La frustración se había apoderado de mí, y un día llegando a mi casa tuve un pequeño desperfecto en mi vehículo que detonó algo que hoy llamaría sin exagerar un “episodio furibundo”.

Gritos, llantos, patadas, enojo, todo lo que tenía a mano, para avisar a mis padres (o a lo que yo consideraba la gerencia de mi mundo) que  quería tener una bicicleta nueva, moderna, con todos los chiches, algo así como el “joya, nunca taxi” en dos ruedas.

Mis padres escucharon más allá de mi furia, y me preguntaron por qué nunca había hablado de la bicicleta de mis sueños. Entendí que ellos estaban ajenos a la potencia que tenía mi deseo, y que yo no accedía a mi bici nueva simplemente porque no lo había planteado, no había puesto mi deseo en un lugar valioso…y me había sometido a un NO que yo misma generé.

Descartando lo que es “capricho”, cuantas veces nos decimos NO boicoteando nuestro legítimo deseo? cuantas veces sufrimos en soledad una imposibilidad “autoimpuesta”? cuantas veces nos vamos llenando de furia y resentimientos vanos, solo porque no nos animamos a poner en evidencia lo que deseamos?

Cuantas veces esperamos que los demás decodifiquen y complazcan nuestros deseos? Cuantas veces nos quedamos atrapados en la demanda?

Cuantas preguntas…

Ahora no soy una niña. Descubro que puedo desear (porque es lícito!) y llegar a un acuerdo con mis deseos de manera adulta.

Intento no “bicicletear mis deseos”, y en cada pedaleo veo que cuando actúo en concordancia, algo en mi se nota tan feliz, vibra a tan alta frecuencia, y se amplifica tanto, que ya no necesito mi bicicleta nueva para sentirme “la Mujer Maravilla”.

alejandradaguerre@gmail.com